Entre herencias, escrituras y silencios, San Nicolás parece empeñada en borrar las huellas de su propia historia. Pero hay nombres que resisten, calles que guardan la memoria de los desamparados y puentes que unen mucho más que dos orillas. Desde el viejo Cabotaje, Javier Tisera recorre las heridas de una ciudad que esconde sus miserias detrás de los títulos de propiedad. Mientras tanto, la historia, terca y porfiada, aguarda su hora: mañana volverá a golpear la puerta.

Nadie lo admite; todos guardan un silencio muy parecido a un delito o a un amor escondido. En San Nicolás lo más importante que la propia vida, son las escrituras y las hijuelas sucesorias. Algunos aspirantes de sociólogos aseguran que se trata de un rasgo de los insulares que habitan lugares pequeños. Sin embargo, los que tienen una mirada más economicista, piensan que el dominio cobra importancia en una economía poco productiva. Porque la herencia de padres a hijos es la palanca de ascenso para los que están desesperados por sobrevivir. Pero no es el caso; ya que la obsesión por el metro cuadrado está instalado más en la clase dominante que en los sectores populares. Que son los que están enfocados en el sustento diario.

Pero ese argumento se cae cuando se conoce que en el segundo período industrial (1945/1991), San Nicolás era la ciudad más productiva del interior de la provincia de Buenos Aires y que con sólo 44 mil habitantes competía contra el Gran Buenos Aires que se encontraba en ciernes y absorbía los excedentes de capitales nacionales.

Más cerca de la verdad se encuentran los dichos de Javiera Arzaluz de Subiza, matrona vasca que era esposa de uno de los popes del comercio nicoleño Román Subiza; padre del boticario Pascual y abuelo del innombrable -pero siempre sobrevolando la ciudad- Román Alfredo, al que apodaban Mancho.
Doña Javiera, lejos de ser una intelectual o una teórica social, se distinguía por un rasgo que nos interesa: conocía la miseria humana de su tiempo como nadie. Algunos memoriosos guardan el recuerdo de sus palabras: “la ciudad empezó con cinco personas allá por el 1700… todos los demás, llegaron después y estaban desesperados por un pedazo de tierra para levantar su rancho. Excepto que fueras hijo de Rafael de Aguiar y de Juana Paulina; todos los demás somos refugiados de pecados y de injusticias. Si juntas un poco de plata en San Nicolás puedes ser un gran señor o una mujer virgen, todos simulan no conocer tu pasado. Siempre y cuando puedas pagar el olvido.”
Algo de cierto encierran las enseñanzas de Doña Javiera que se fue de este mundo siendo confidente de miles de niñas mal de casas bien, como dice el tango.

Cada vez más, sobre todo después de la actual administración municipal, se empieza a desdibujar la presencia del fundador de la ciudad y de su esposa Juana Paulina Ugarte. Aquellos lugares donde se los evocaba ahora cambiaron de nombre. Por ejemplo: el “Parque Regional Forestal y Botánico Rafael de Aguiar” por Eco Parque o el Teatro Municipal “Rafael de Aguiar” por Teatro de San Nicolás. Y no conforme con estos cambios sacaron el busto de Rafael de Aguiar (que le daba el nombre a la calle) del mirador de calle De la Nación. Y éstos son sólo tres ejemplos que refieren al fundador pero, según estimamos – aunque la imbecilidad humana es inescrutable-, no podrán arrancar su nombre de una de las calles más emblemáticas del barrio de Cabotaje.

La calle Rafael de Aguiar nace en calle De la Nación hacia el norte. Su morfología es propia de calle de barranca ya que, finaliza en la subida de León Guruciaga. Y es la más visitada por viajeros y turistas para admirar la belleza del Arroyo Yaguarón y la majestuosidad de las islas del gran Paraná.
En su traza de cinco cuadras, está emplazado el edificio de Tribunales, el patio del Colegio Nacional, el edificio “Redondo” y la cancha de pelota Paleta del Club Social. Pero su característica más notable es que es la única calle del centro de la ciudad que atraviesa un puente para peatones y vehículos: el de la Bajada de Belgrano.

Aún en este paisaje se ve la fronda y la sombra de las barrancas. los patios amplios y llenos de sol. Cuando el caminante va hacia la plaza de los Inmigrantes se puede cruzar con los hermanos Torres que van a la pesca diaria. O aquel novio de levita y sombrero que vaga con sus ojos en las manos como Edipo, que se los arrancó un día antes de su casamiento en la Catedral.
Desde el Cabotaje, desde esas veredas, salieron hombres y mujeres humeantes de tristezas. Con abrazos a la intemperie y con la suerte en retirada. En esta porción de ciudad crecieron a contrapelo estibadores de mariposas, inventores de glosas y azufres, hijos del adobe y las chapas, entre sombras de sauces y calandrias.

Hoy, seguro que no. Los muñecos de goma están en tiktok farmeando aura. Pero mañana – como una sentencia- volverá el coronel Dorrego hasta la puerta cancel de calle Aguiar, como en el principio de la patria.

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