Por Walter Alvarez
Charlamos con el montañista nicoleño Sebastián Tisera acerca de su fascinación por las montañas. Experiencias de ascensos a las cimas más altas de Argentina y reflexiones sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza. Cuerpo, paisaje, altura y percepción. No es el mismo quien vuelve del Aconcagua.
Lograste hacer cumbre en el Aconcagua en enero de 2026, pero tenías un intento previo en 2025. ¿Qué pasó en esa primera ocasión?
En la expedición de 2025 llegamos hasta los 6000 metros. Estábamos en el último campamento y, a las dos y media de la mañana, cuando nos preparábamos para el intento final a la cumbre, mi compañero me manifestó que se sentía mal y que quería descender. Como no podía bajar solo por seguridad, tuvimos que dividir el equipo y abortar el ascenso. Tomar decisiones a 6000 metros es difícil porque hay menos oxígeno, pero priorizamos la salud. En enero de 2026 regresé con otro amigo y esa vez sí logramos hacer cumbre.
¿Cómo es la cumbre del Aconcagua? ¿Es una punta estrecha como se suele dibujar?
No, es una superficie bastante extensa; hay mucho espacio. Hay otras montañas que sí terminan en una punta muy estrecha donde solo podés parar un pie para la foto y tenés que descender inmediatamente, pero el Aconcagua es amplio arriba.
Ustedes subieron sin un guía. Si ocurre una emergencia en la altura, ¿cómo se maneja el rescate?
En el montañismo los incidentes no suelen ser imprevistos repentinos, sino la sumatoria de pequeños detalles o malas decisiones. Si alguien se esguinsa un tobillo, por lo general puede descender por sus propios medios de forma lenta y con medicación. En caso de una emergencia grave en el Aconcagua, existe una patrulla de rescate y médicos. El helicóptero puede llegar hasta los 5000 metros, por lo que primero hay que lograr descender hasta esa altura para la evacuación.
Mencionaste tres expediciones anteriores muy significativas. ¿Qué te dejó la del Volcán Llullaillaco en 2021?
Fue una expedición a 6700 metros de altura en Salta, un lugar sagrado donde los incas realizaban ofrendas humanas. Éramos ocho personas y solo cuatro llegamos a la cumbre. Para mí fue un hito fundacional porque encontré mi propio límite físico. En el último tramo me quedé sin aire y quería desistir, pero logré llegar gracias al apoyo de mis compañeros. Me enseñó el valor de la tolerancia al frío y la importancia del equipo.
¿Cómo fue la experiencia en el Monte Pissis en 2022 y qué anécdota destacás?
El Pissis (Catamarca) es la tercera montaña más alta de América. Fuimos cuatro personas y logramos cumbre dos, de forma autónoma. Allí me sentí verdaderamente montañista porque manejé la situación con plena conciencia de los riesgos. La gran anécdota fue el descenso: nos tocó bajar en medio de una tormenta severa, sin visibilidad, y orientándonos solo con el GPS. Cuando llegamos a las carpas, el compañero que se había quedado abajo estaba angustiado; nos confesó que, al ver la tormenta, pensaba con desesperación qué le iba a decir a nuestras familias si nosotros no regresábamos.
En 2024 fuiste al Volcán Ojos del Salado. ¿Qué particularidad tuvo esa logística?
El Ojos del Salado es la segunda montaña más alta de América. Fue una expedición muy exigente de 17 días. Para trasladar la enorme cantidad de carga pesada, construimos un vehículo casero "monorueda" (una especie de carretilla con alforjas y manijas de agarre). Mientras uno de nosotros la estabilizaba, el otro tiraba de ella desde adelante. Eso nos permitió movernos con mayor agilidad.
Sensaciones Profundas y la Mística de la Montaña
La montaña es una excelente escuela para domesticar el ego, porque te enseña que no podés solo. Cambia la perspectiva del siglo XX de "conquistar la cumbre" por una visión de respeto, donde uno pide permiso y se adapta a la naturaleza. También te enseña a convivir con la incertidumbre y a gestionar la ansiedad, ya que hay factores climáticos que no podés controlar. Te obliga a desarrollar una enorme paciencia, solidaridad y camaradería con personas que quizás ni conocés, pero que te van a ayudar si lo necesitás. Lo único que nadie puede hacer por vos en la montaña es cargarte; cada uno se vale de sus propias piernas.
¿Experimentaste sensaciones que en el llano no se perciben?
En la montaña la vida se reduce a lo más básico y primitivo: trasladarse, alimentarse, buscar dónde armar la carpa para protegerse y descansar. Te obliga a estar en un estado de presencia absoluta. Cuando estás escalando en un borde o en un terreno técnico, estás en el aquí y ahora; no podés estar pensando en los problemas cotidianos o en las cuentas que tenés que pagar. Ese aislamiento de los distractores genera un espacio profundo de calma interior y autoconocimiento.
¿Tuviste momentos de quiebre o crisis extrema en estas subidas?
Sí. Durante el descenso del Ojos del Salado en 2024, ya dentro de la carpa, experimenté una crisis psicológica muy fuerte donde sentí el deseo irrefrenable de "no querer estar ahí". Fue un momento límite, potenciado porque venía de atravesar un proceso reciente de crisis. Son situaciones donde ponés en práctica las herramientas mentales que vas aprendiendo para mantener el eje.
Contanos la anécdota del "hilo rojo" y cómo se vinculó con la arqueología.
En 2022, buscando una forma artística y performática de conectar mis vivencias, pensé en la idea de tirar un hilo fino que uniera físicamente el último campamento con la cumbre, como una analogía de poder regresar a salvo. Lo increíble fue que a fines de 2023, asistí a una charla de la federación donde expuso un miembro de la expedición científica de 1986 que había descubierto la momia inca en el Aconcagua. En su relato, mencionó que los incas habían unido ritualmente el sitio de la ofrenda sagrada con la cumbre utilizando, precisamente, un hilo rojo. Descubrir que mi intuición artística coincidía de manera exacta con un ritual sagrado de hace 500 años fue algo muy impactante y místico para mí.
Para alguien que lo mira desde afuera, arriesgar la vida en la montaña parece una locura. ¿Cómo respondés a la pregunta de por qué lo hacés?
Es una pregunta muy válida, que incluso inspiró el famoso libro Los conquistadores de lo inútil. Al principio, uno va por el desafío deportivo, la aventura o por ver hasta dónde responde el cuerpo. Pero una vez que lo experimentás, encontrás que el verdadero valor es interior. Pasar frío y privaciones te hace valorar, reconocer y disfrutar mucho más las cosas simples cuando regresás.
¿Cómo congeniás esta filosofía y el ritmo de la montaña con tu vida cotidiana en la llanura, la computadora y el trabajo?
Se puede congeniar perfectamente sabiendo ubicar la mente en cada momento y lugar. Tengo responsabilidades familiares y laborales que cumplir, y disfruto de mi presente. Con los años, los tiempos para cada actividad van cambiando, pero el montañismo te transforma por dentro. Podés estar en el Obelisco o en la calle Mitre en San Nicolás, pero el espíritu de calma, la aceptación de la incertidumbre y el autoconocimiento que te da la montaña, te acompañan siempre en la vida cotidiana.


