miércoles, 20 de mayo de 2026

Rejas de alambre: el legado de otra época que viene a contarnos algo del pasado

Es como si una generación hubiera querido dejar su marca en la ciudad para no ser olvidada. Una botella al mar con un mensaje a descifrar, una evocación remota que viene a decirnos algo. Todavía están ahí, dispersas en los ingresos a muchas casas, intentando resistir el paso del tiempo y las transformaciones arquitectónicas. Son puertas y rejas hechas de alambre moldeado que decoran el límite entre la vereda y la casa, lo público y lo privado. Por su evidente vulnerabilidad, no sirven para detener la inseguridad. Son de otra época.

La ciudad de San Nicolás conserva una gran cantidad de rejas de este estilo. Por alguna razón, los dueños de las viviendas decidieron no reemplazarlas cuando, a finales del siglo XX, los frentes de las casas se amurallaron con robustas estructuras de hierro para protegerse de los robos. Quizás no lo hicieron a la espera de develar el mensaje que las generaciones anteriores nos dejaron en esa cápsula del tiempo. Lo cierto es que están ahí, hablándonos del pasado.

El auge industrial y la expansión de la ciudad

Para entender su origen hay que volver a la época próspera. En la década de 1950, la ciudad de San Nicolás de los Arroyos fue el centro del proyecto industrializador del primer peronismo. La instalación de grandes fábricas trajo miles de empleados que le dieron prosperidad a la ciudad durante cuarenta años. En el pico de ese crecimiento, en la década de 1970, un empleado de una empresa estatal como Somisa o Agua y Energía podía, en un año, comprar un auto cero kilómetro y ampliar su casa sin poner en riesgo la economía familiar.

Al ritmo de este crecimiento económico, el casco de la ciudad se extendió. Nacieron barrios obreros construidos por el Estado a través de créditos hipotecarios, y también barrios que surgieron del impulso personal de quienes compraban un terreno en la periferia. Es allí donde se expandió una arquitectura que simbolizaba el ascenso social: casas de líneas sencillas pero con una voluntad de diferenciarse y mostrar prosperidad. Esto se manifestaba en fachadas con aleros, paredes curvas pintadas de dos colores, un tapial bajo y, sobre él, la reja de alambre.

De la tranquilidad rural a la identidad urbana


En su libro Patrimonio de la producción rural, el arquitecto Carlos Moreno denomina a estas estructuras como “tranquera de alambre y tejido”. Cumplían la función de puerta de acceso al jardín en las viviendas rurales y son tan antiguas que ya figuran en la Enciclopedia Diderot del siglo XVII. Al principio fueron la identidad de las casas de campo, pero luego pasaron a la ciudad. Según el propio Moreno, San Nicolás es una de las ciudades que más conserva este tipo de rejas.

Eran elementos bajos y decorativos que invitaban al vecino a ingresar al jardín, tocar el timbre y cumplir con el ritual de la visita. Fueron las rejas que simbolizaron un proyecto industrial donde la prosperidad, los lazos familiares y la vida en comunidad (el club, la parroquia, el bar) se respaldaban en la solidaridad.

Crisis, desempleo y el refugio tras las rejas


Pero todo cambió en la década de 1990. La ciudad sufrió las consecuencias de las políticas neoliberales y las privatizaciones, que dejaron a miles de personas desocupadas. La falta de trabajo redujo las oportunidades y fragmentó los lazos sociales. El delito y la desconfianza se multiplicaron, y el vecino pasó a ser un sospechoso del que había que protegerse. Con la llegada de la droga, la tasa de criminalidad aumentó rápidamente.

Ante el miedo, las rejas abandonaron su función estética y se convirtieron en mecanismos de clausura. La dinámica de los herreros cambió: a principios de los 90 su trabajo cayó por la crisis, pero a mediados de la década volvió a crecer debido a la necesidad de protección. La gente comenzó a vivir enrejada, amurallada dentro de su propio hogar. Eran rejas de barrotes verticales, pesadas y sin adornos.

El paisaje actual y el peligro de olvidar

Pasado el pánico inicial, los herreros buscaron recuperar el carácter decorativo sin perder la seguridad, proponiendo rejas ornamentadas o de hierros horizontales. Actualmente conviven los tres estilos: las rejas fortificadas, las decorativas y las antiguas rejas de alambre.

San Nicolás todavía tiene la mayor cantidad de estas últimas. Sin embargo, debido a las nuevas construcciones y al óxido que las carcome, están empezando a desaparecer. Con ellas se van también sus símbolos: la visita, la confianza y la cercanía. Si no se diseña un plan para preservarlas, cuando desaparezca la última, se habrá ido también la identidad de un barrio y el espíritu de toda una época.

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