Por Javier Tisera
El sol disparaba sus rayos de la media mañana y entraba tímidamente por una ventana de la calle Belgrano. La puerta empezó a abrirse y salió del alma ese saludo unánime de los alumnos: “Buenos días, doctor”. Su traje con chaleco, sus zapatos clásicos relucientes y esa curva elíptica que trazaban su paso antes de desembarcar en el escritorio, eran marca registrada. Ese recorrido lo hacía con su mano pidiendo calma mientras la popular saludaba a Fossa con todas las banderas.
Y unos minutos después, el silencio de templo. Estábamos listos para enfrentar el consabido y tradicional ”puedo pasar la próxima”. Pero no. Miró a todo el curso, nos recorrió a cada uno y treinta pares de ojos le retribuyeron la mirada.
“Tranquilos zanahorias que hoy nos viene a visitar “La Marión de Delacroix”. Imagínense lo que era un nombre de mujer en medio de esa selva de hormonas de Tercero Primera que nunca había visto dos piernas torneadas y el único perfume que se sentía era el de la grasa de litio. Y encima “La Marión” como si el artículo femenino de un nombre francés abriera la tranquera de la procacidad y la sensualidad. “La Marión” repetía el tano Pinchetti como un rezo laico. Manuel dijo no se hagan ilusiones que es casada “no escucharon que es de Delacroix”. Nosotros teníamos a “la Di Santo”, a “la Martínez”, a “la Gremo”… pero “La Marión” era otra cosa.
En ese mismo instante se abrió la puerta y entró ella. Estaba vestida con una túnica blanca casi transparente, descalza y en su cabeza un gorro como el que está en el escudo. Un respeto sepulcral invadió el aula. El doctor Fossa le dijo “Gracias por venir, su majestad”; “encima es una reina” musitó Mario Sacco al “paisano” Romitti.
Estábamos anonadados. A Micha se le había caído el belfo inferior y le ponía más atención que a un partido de los Lakers. El “monkey” Montiel escudriñaba en los pliegues de la túnica tratando de detectar sus detalles más sensuales. Juan Carlos se animó a decirle gracias por venir señora en un tono meloso y pegajoso como el que utilizaban los galanes de Nene Cascallar. Ella, austera, le devolvió el agradecimiento con una sonrisa.
En medio de ese salón, ella nos dijo que la plutocracia era el gobierno de las corporaciones; y no era bueno para los ciudadanos que los dueños de las corporaciones se enquistaran en el Estado. Y que la gerontocracia (el gobierno de los ancianos) podría sospecharse como sabio pero en realidad era una deformación y no permitía el trasvasamiento generacional.
La Marion empezó a sonreír cómplice cuando se dispararon todas las preguntas y el interés por hacerle acotaciones, inquietudes… en fin por participar. Dice la Marion, caminando entre los bancos: “mi experiencia en Grecia como democracia novel fue en realidad parcial, ya que los atenienses esclavizaban a pueblos para su servidumbre. Francia fue distinto, los ciudadanos levantaron barricadas y con las horquillas el campesinado llegó a fundar una república. No sin poca sangre… Eso es lo que más duele. México fue insurgente pero la honraron Emiliano y Pancho.
El colorado Oyola, que no sabía de qué se hablaba, le puso música con silbidos: la Marcha de San Lorenzo. Ella lo miró, y el colorado dejó de silbar “Siga, siga, así puedo hablarles de América del Sur, que le llevó catorce años vencer el absolutismo y me subieron al trono de majestad, en definitiva la que ganó esa guerra, tambien fui yo”. Y sus ojos se empañaron recordando viejos amores.
Me desperté y miré si alguien se había dado cuenta. Y ahí nomás, como si Fossa me hubiera estado marcando, se escuchó un “pibe el frente es todo suyo” dijo sin levantar la vista de la libreta, y suponiendo el histórico “Paso la próxima”; lo desairé. Me abroché el único botón del saco azul y salí diciendo: “La plutocracia era el gobierno de las corporaciones; y no era bueno para los ciudadanos”. Se produjeron avalanchas en los últimos bancos, el cabezón Del Pozo levantaba su regla T en señal de victoria. El gringo Pérez gritaba como si hubiera metido un gol. Ninguno, ni el propio Fossa, supuso que a mí me estaba dictando un sueño. Y corría el año 1978 y afuera, las sombras caían sobre algunos hijos. Y la Marion, como quien no quiere la cosa, sentada en un banco del Industrial, nos aconsejaba “si salen el viernes, lleven documento, no se hagan meter presos ni marcar; en unos años los voy a necesitar”
