El futbolista nicoleño Enrique Omar Sívori deslumbró al mundo en la Juventus y fue Balón de Oro en 1961. Sin embargo, en San Nicolás caminaba como un vecino más. Una entrañable anécdota vivida en Italia junto a su amigo, cultural José Alberto "Pocho" Petrucci, revela el alcance incalculable de su idolatría.
La leyenda nicoleña que conquistó el fútbol italiano
La historia del fútbol argentino e italiano está entrelazada por lazos profundos de inmigración, cultura y una pasión compartida. En ese puente entre continentes, Italia le debe a la Argentina algunas de sus páginas más gloriosas. Y San Nicolás de los Arroyos, ciudad de raíces profundamente italianas, dio a la península a una de sus más grandes figuras: Enrique Omar "Chiquín" Sívori.
Sívori, que dio sus primeros pasos futbolísticos en el club Teatro Municipal, se convirtió en una estrella mundial. Entre 1957 y 1965 brilló de manera deslumbrante en la Juventus de Turín, donde disputó 253 partidos, anotó 167 goles y conquistó tres Scudettos de la Serie A y dos Copas Italia.
Su genialidad y capacidad creativa no solo lo llevaron a integrar la nómina FIFA 100 elaborada por Pelé o a posicionarse en el puesto 16.° entre los mejores futbolistas sudamericanos del siglo XX según la IFFHS: en 1961 hizo historia al convertirse en el primer jugador nacido en Sudamérica en ganar el Balón de Oro.
De la elite mundial a la sencillez del pago chico
Tras una notable trayectoria que incluyó un paso por el Napoli, una etapa como director técnico —donde dirigió a River Plate, Rosario Central, Estudiantes, Racing, Vélez y a la Selección Argentina rumbo al Mundial 1974— y su labor como cazatalentos de la Vecchia Signora, Sívori decidió afianzar su vida en su San Nicolás natal.
Alternando la cotidianeidad entre la ciudad y su campo "La Juventus" en Conesa, el crack internacional era en San Nicolás simplemente "Chiquín": un vecino entrañable, amigo de sus amigos, reconocido por los nostálgicos y muchas veces desapercibido para las nuevas generaciones que lo veían como un vecino más en las mesas del Café de la plaza.
Entre ese círculo de afectos cercanos se destacaba José Alberto "Pocho" Petrucci, reconocido abogado, tanguero de ley y una figura indispensable de la vida cultural nicoleña.
Un viaje centenario y el reencuentro con la devoción popular
En noviembre de 1997, la Juventus festejaba los 100 años de su fundación. Turín preparó un festejo monumental que incluyó un partido histórico en el estadio Delle Alpi entre el equipo italiano y un seleccionado de estrellas mundiales. Sívori, de por entonces 62 años, fue una de las máximas figuras invitadas de honor y recibió una de las ovaciones más atronadoras y emotivas de toda la noche.
Como no le agradaba viajar solo a Europa, el astro había invitado a su gran amigo Pocho Petrucci a acompañarlo. Al desembarcar en Turín, Petrucci comenzó a tomar dimensión real de la leyenda de su amigo. En cada calle, rincón o plaza, los tifosi reconocían al "Cabezón", acercándose con reverencia y emoción a pedirle un autógrafo, sacarse una foto o simplemente agradecerle los años de gloria.
Su amigo, el ídolo
La confirmación absoluta de esa devoción casi mística ocurrió en una escena cotidiana. Una mañana, Chiquín y el Pocho ingresaron a un café de Turín a desayunar. Compartieron un momento de charla tranquila y se retiraron.
Al día siguiente, Sívori debía realizar unos trámites personales y le pidió a Petrucci que lo aguardara. El Pocho decidió regresar al mismo bar de la mañana anterior a tomar un café. Al finalizar, llamó al mozo para pedir la cuenta. La respuesta del empleado lo dejó perplejo:
—Usted acá no paga.
Sorprendido, preguntó la razón. El mozo, con total naturalidad y respeto, le respondió:
—Porque usted ayer vino acá con Sívori. Y en este bar, los amigos de Sívori no pagan.
El valor incalculable del afecto y la memoria
Aquel gesto dejó marcado a Pocho Petrucci para siempre. Comprendió en ese instante que aquel vecino sencillo con el que compartía charlas de café en San Nicolás era, a miles de kilómetros de distancia, un Dios deportivo inmortal.
Hacía más de tres décadas que Chiquín se había retirado de la Juventus, pero el paso del tiempo no borró la gratitud de un pueblo. La pasión futbolera no entiende de explicaciones racionales: se paga con memoria y eterno agradecimiento hacia quienes alguna vez regalaron felicidad. Y en Turín, el solo hecho de ser amigo de Omar Sívori ya lo convertía a uno en una persona distinguida.

