jueves, 2 de julio de 2026

Cómo afecta el frío a la salud: Grupos de riesgo y claves esenciales para protegerse en invierno

 

Imagen IA

Una guía completa sobre el impacto de las bajas temperaturas en el organismo, por qué el paso de los años altera nuestro termostato interno y cuáles son las recomendaciones médicas para evitar complicaciones graves

Con datos del Ministerio de Salud de la Nación 


Con la llegada de los meses invernales, las bajas temperaturas se convierten en un factor determinante para nuestro bienestar general. El impacto del clima invernal va mucho más allá de una simple sensación de incomodidad; representa un desafío biológico constante en el que el cuerpo humano debe realizar un esfuerzo extra para mantener estable su temperatura interna. Entender cómo afecta el frío a la salud es el primer paso fundamental para prevenir patologías estacionales y proteger a los eslabones más vulnerables de la sociedad.

​Efectos directos del frío en el cuerpo humano

​Cuando el termómetro desciende, el organismo activa de forma inmediata mecanismos de defensa para conservar el calor. Uno de los impactos más comunes se produce en el sistema respiratorio, ya que el aire frío y seco enfría de forma directa las vías superiores. Esto ralentiza el movimiento de los cilios, que son los pequeños filamentos encargados de expulsar impurezas, lo que termina facilitando que virus y bacterias colonicen el sistema y aumenten exponencialmente los casos de resfríos, gripe, bronquitis y neumonía.

​Más allá del aparato respiratorio, el sistema cardiovascular sufre una exigencia drástica debido a la vasoconstricción, que es el estrechamiento de los vasos sanguíneos para retener el calor corporal. Este fenómeno eleva la presión arterial de manera abrupta y obliga al corazón a bombear con mayor intensidad, incrementando de forma estadística el riesgo de infartos agudos de miocardio y accidentes cerebrovasculares en personas predispuestas.

​Asimismo, los frentes polares plantean riesgos físicos extremos como la hipotermia y el congelamiento, cuadros que ocurren cuando la temperatura del organismo desciende por debajo de los 35°C porque el cuerpo pierde calor más rápido de lo que puede generarlo. A nivel óseo y muscular, las variaciones de presión atmosférica asociadas a estas olas invernales repercuten negativamente en las terminaciones nerviosas, intensificando los síntomas de dolor y rigidez en quienes padecen artritis o artrosis.

​¿A quiénes y a qué edades afectan más las bajas temperaturas?

​El frío no golpea a todos los individuos con la misma intensidad, ya que existen factores biológicos y etarios que determinan una mayor vulnerabilidad ante el descenso térmico. En el caso de los adultos mayores de 65 años, el hipotálamo —que actúa como nuestro termostato interno— empieza a perder precisión con el paso del tiempo. Esto reduce su percepción de las bajas temperaturas y disminuye su capacidad para tiritar o generar calor de forma refleja, lo que sumado a una circulación periférica más lenta y un sistema inmunológico envejecido, eleva notablemente su vulnerabilidad ante las olas polares.

​Por otro lado, los bebés y niños menores de cinco años constituyen otro sector de máximo cuidado porque carecen de un sistema de termorregulación completamente maduro. Al poseer una superficie corporal extensa en relación con su peso, disipan el calor de forma sumamente acelerada y dependen enteramente de la asistencia de adultos para su vestimenta y resguardo. A estos grupos etarios se suman los pacientes con patologías crónicas como asma, EPOC, insuficiencia cardíaca, hipertensión arterial o diabetes, cuyas reservas fisiológicas se ven exigidas al máximo, agudizando los síntomas basales de sus enfermedades.

El impacto en los mayores y la importancia de la prevención: Especialistas en medicina advierten que el paso de los años altera progresivamente el funcionamiento de nuestro termostato biológico. Por este motivo, se remarca que mantener el calendario de vacunación al día es la herramienta preventiva más eficaz para bloquear complicaciones graves y hospitalizaciones de invierno. 

​Recomendaciones esenciales para protegerse del frío extremo

​Para mitigar estos riesgos, los profesionales de la salud aconsejan implementar una estrategia de vestimenta basada en capas. Utilizar prendas ligeras superpuestas genera cámaras de aislamiento térmico natural que retienen mejor el calor. Es crucial proteger los extremos del cuerpo con gorros, bufandas y guantes debido a que un alto porcentaje de la energía calórica se disipa por la cabeza y las manos, mientras que la bufanda cumple además la función de calentar el aire inspirado antes de su ingreso a los pulmones, previniendo el broncoespasmo.

​La alimentación balanceada y una hidratación constante también juegan un rol clave durante los meses más fríos del año. Priorizar la ingesta de preparaciones calientes como sopas, caldos e infusiones provee un confort térmico inmediato a la vez que aporta los nutrientes necesarios para mantener activas las defensas. Del mismo modo, es imperativo no descuidar el consumo de agua mineral, dado que la baja percepción de la sed en invierno puede resecar las mucosas respiratorias y facilitar el ingreso de patógenos al organismo.

​Finalmente, el cuidado dentro del hogar requiere una atención especial en cuanto a la calefacción y la prevención de accidentes por monóxido de carbono. Resulta vital ventilar los espacios habitacionales al menos diez minutos diarios para asegurar la renovación del oxígeno en el ambiente. Al utilizar artefactos de combustión a gas o querosén, se debe comprobar que la llama permanezca siempre de color azul, ya que la coloración amarilla o naranja es un claro indicio de una mala combustión que genera este gas altamente tóxico, inodoro e invisible. Como medida fundamental de seguridad, todas las estufas de combustión deben ser apagadas antes de irse a dormir.


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