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| Foto: Maceta producciones |
Por Walter Alvarez
El Arroyo Yaguarón no pertenece del todo a la geografía. Aunque figure en mapas y catastros, aunque pueda medirse su cauce y calcularse la hondura de sus remansos, su verdadera naturaleza parece escapar a la aritmética de los hombres. Es una hendidura antigua en la pampa ondulada, un tajo sinuoso que nace y muere dentro del territorio nicoleño, la misma tierra que lo sueña. Corre protegido por una espesura de sauces, talas y espinillos que el viento peina con paciencia secular. Allí, atravesando el Parque Rafael de Aguiar, el agua conserva todavía una gravedad primitiva, como si no hubiera terminado de desprenderse del origen del mundo.
Un arroyo de leyenda
Los antiguos pobladores —o acaso sus sombras— afirmaban que el arroyo debía su nombre a una criatura cuyo recuerdo antecede a la ciudad y quizá a la historia misma. El Yaguarón era imaginado como un ser verdoso y desmesurado, de cuerpo serpentino y cabeza de perro. Algunos le atribuían colmillos capaces de desgarrar la barranca; otros, una condición más extraña aún: la de ser pulmonado y, sin embargo, incapaz de respirar como las criaturas ordinarias. Necesitaba devorar pulmones ajenos para perpetuar su existencia en las profundidades del agua. Sus víctimas eran, casi siempre, los desprevenidos que se aventuraban demasiado cerca de la barranca, ignorando que bajo esa aparente quietud trabajaba la fuerza secreta del monstruo. El Yaguarón socavaba lentamente la tierra con una paciencia subterránea y feroz, adelgazando el borde hasta que éste cedía de pronto, arrastrando al hombre hacia el abismo oscuro de sus fauces.
No es difícil comprender cómo nació la leyenda. Bastaba observar la barranca socavada y esos remansos donde el agua parece inmóvil, aunque debajo continúe una lenta conspiración de corrientes invisibles. Los hombres de entonces —más cercanos al mito que nosotros— miraban esas señales y concluían, con la lógica fatal de las supersticiones verdaderas: “Aquí debe habitar un Yaguarón”.
Leyenda e identidad
Las ciudades suelen creer que están hechas de piedra, de avenidas o de decretos municipales. Se equivocan. Una ciudad está hecha, sobre todo, de las historias que sus habitantes aceptan recordar. En San Nicolás de los Arroyos, la leyenda del Yaguarón dejó hace tiempo de ser un relato de pescadores para convertirse en una forma de identidad.
Hay nombres de comercios, murales y barrios que lo evocan; hay maestros que todavía transmiten la historia en las aulas, como quien entrega un objeto frágil destinado a sobrevivirnos. Porque una comunidad que conserva sus mitos conserva también una parte de su alma. El desarraigo comienza cuando una ciudad olvida sus nombres secretos.
Durante generaciones, el mito sirvió además para domesticar el dolor. “Se lo llevó el Yaguarón”, murmuraban algunos frente a las tragedias del río. La frase no anulaba la pérdida, pero le confería una dignidad misteriosa, un sentido ritual. Así, el miedo se transformó lentamente en respeto y el respeto en una ética silenciosa hacia la naturaleza.
La Horqueta: el surco que el agua reclamó
Pero el río tiene la costumbre de apropiarse de las obras humanas. La correntada y las crecientes ensancharon aquel surco modesto hasta convertirlo en un cauce verdadero. Lo que fue herramienta terminó siendo geografía. Tal vez toda civilización no sea otra cosa que eso: una forma provisoria del agua.
El eco biológico del mito
En 1996, un episodio singular pareció concederle a la leyenda una inesperada confirmación. El hallazgo de un pez pulmonado despertó otra vez las viejas historias. El ejemplar, conservado hoy en el Museo de Ciencias Naturales Padre Scasso, devolvió al imaginario colectivo la sospecha de que los mitos suelen esconder una mínima partícula de realidad.
Algunos pescadores aseguran todavía haber visto criaturas extrañas deslizarse bajo la superficie oscura. Otros hablan de espineles tensados por fuerzas imposibles. Quizá exageren; quizá no. Después de todo, el límite entre la memoria y la invención suele ser indistinguible en las orillas del Paraná.
Vista desde el aire, incluso la forma del arroyo parece colaborar con el engaño: un cuerpo sinuoso que atraviesa el paisaje y una cabeza apenas insinuada en dirección a Somisa, como si la criatura continuara dormida bajo el barro.
El pacto de las dos orillas
El arroyo funcionaba entonces como frontera y mercado, como línea divisoria y punto de encuentro. En aquellas orillas cubiertas de juncos se intercambiaban alimentos, utensilios y acaso también relatos. Tal vez el mito del Yaguarón haya nacido precisamente allí, en el territorio ambiguo donde dos culturas aprendieron a temerse y a necesitarse.
Versos y pinceles en el remanso
El poeta Rafael Obligado imaginó al monstruo balanceándose “verdoso y enorme” bajo la mirada aterrada de Juana María. Mucho después, otros escritores y artistas intentaron apresar la misma visión. Porque el Yaguarón está presente, como materia, en el arte de la ciudad.
Pintores como Rubito González, y tantos otros, buscaron en la luz verdosa del atardecer esa frontera incierta donde el paisaje se vuelve alucinación. Los murales que aparecen en las paredes de la ciudad prolongan esa tarea: no representan simplemente un monstruo, sino la persistencia de una memoria compartida.
Un libro de recopilaciones de leyendas del escritor Jorge Cantero tiene al mítico ser como centro de sus relatos. También La Zaga del Yaguarón, la compilación de textos y relatos orales realizada por Javier Tisera y Nicolás Ballistreri, y el largometraje Gritos del Yaguarón, dirigido por Marcelo Echaniz, demuestra que ciertas historias se resisten obstinadamente al olvido. Resulta extraordinario que una leyenda nacida en un tiempo impreciso haya sobrevivido a generaciones enteras sin perder jamás su lugar en el imaginario nicoleño.
Un santuario de plumas y escamas
El arroyo es también un reino biológico. Entre sauces y camalotes conviven garzas hocó, espineros, carpinchos, tortugas y lobitos de río. Bajo las aguas sobreviven pequeños peces y crustáceos que sostienen la delicada arquitectura invisible del ecosistema.
Sin embargo, los viejos pescadores saben que algo ha cambiado. Continúan acercándose a las orillas con la misma esperanza ritual de otros tiempos, aunque el río ya no devuelve aquellas bogas, dorados, surubíes y pacúes que alguna vez parecían inagotables. La abundancia, como los mitos, también puede extinguirse.
El hilo invisible
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| Foto: Maceta producciones |
El Yaguarón continúa allí, oculto en el agua oscura, en la barranca erosionada, en los relatos de los pescadores y en la memoria de quienes todavía creen que ciertos lugares conservan un misterio irreductible. Y quizá sea ese misterio —más que el arroyo mismo— lo que define, desde hace siglos, el alma secreta de San Nicolás.



