Por Walter Alvarez
Pasó más de una década preso, sobrevivió a abusos, sobredosis y la marginalidad más absoluta. A cuatro meses de una muerte diagnosticada, un abrazo a tiempo lo salvó. Un recorrido por el método del amor incondicional del Hogar de Cristo Ponce de León.
El conmovedor testimonio de Víctor: Cómo el Hogar Ponce de León rescata vidas en San Nicolás
¿A dónde van los que la sociedad decide ya no ver? Cuando las adicciones golpean una familia en San Nicolás, la primera barrera suele ser la desinformación. Tanto en el sector público como en el privado, las respuestas escasean y los caminos se vuelven difusos. Sin embargo, en el corazón de nuestra ciudad, en la sede de las monjas Carmelitas Descalzas (Olleros 675), funciona silenciosamente una trinchera de esperanza: el Hogar Ponce de León (perteneciente a la red de Hogares de Cristo).
Para entender el impacto real de este espacio, Yaguaronet dialogó con Víctor Damián Martínez. Víctor no habla desde la teoría; habla desde las cicatrices de un infierno que duró 38 años. Hoy, recuperado y con el "sano juicio" devuelto, su historia es un faro de que la reconstrucción humana es posible.
Una vida marcada por la crueldad
Durante décadas, se encerró en un círculo de odio bajo un lema propio: "Sin piedad me criaron y sin piedad voy a vivir". El alias que se ganó lo decía todo: "Chucky". Pasó más de 10 años y medio de su vida tras las rejas, alternando entre la calle, los calabozos y las guardias hospitalarias.
El límite físico llegó en octubre de 2018. Tras 15 días seguidos sin dormir y deteriorado al extremo, sufrió un ACV. Al despertar en el hospital, el diagnóstico médico fue una sentencia de muerte: por el daño en sus venas a causa de la cocaína, no pasaría de febrero de 2019. Le quedaban cuatro meses de vida. Desesperado, intentó quitarse la vida arrojándose bajo un auto, pero el destino —o Dios, como él afirma— corrió el vehículo un milímetro. Sobrevivió con la marca del logo del auto en la frente.
El quiebre: "Llegué para morir limpito y me encontré con la vida"
Buscando una muerte con un mínimo de dignidad, Víctor llegó al Hogar de Cristo el 22 de noviembre de 2018, fecha que hoy considera su verdadero nacimiento. Entró a la defensiva, buscando la confrontación para que lo echaran, repitiendo la lógica de exclusión que había vivido siempre. Pero el hogar rompió sus esquemas.
"¡No me echaban! Yo me equivocaba, peleaba, insultaba, era agresivo, ¡era un animal! Y me abrazaban, me entendían, me contenían. Hacían cosas por mí sin pedirme nada a cambio", relata Víctor, recordando el impacto de ver un amor que su mente, formateada en la marginalidad, al principio ni siquiera lograba codificar sin malicia.
El método de la rehabilitación
Al ser consultado sobre la metodología del centro de rehabilitación local, Víctor desmitificó la idea de que la recuperación sea un proceso mágico. Se trata de una estructura basada en la paciencia infinita y el límite pedagógico. Los resume así:
La insistencia ante la terquedad: No responder a la violencia con más violencia. "El corazón del pibe está atrás del berrinche", define Víctor. Mostrar presencia cuando el adicto hace todo lo posible para que lo expulsen.
Educar en la convivencia básica: Reaprender cosas tan simples como compartir un tereré o formular correctamente un pedido (como cuando lo dejaron sin fumar por pedir permiso para ver la tele pero no para prenderla).
El valor del abrazo: Reemplazar el encierro o los fármacos por la contención afectiva pura.
Un debate que interpela al Estado
El testimonio de Víctor deja una fuerte crítica social y un llamado de atención a las políticas públicas. Hoy, recuperado y dedicado a la música y a rescatar a otros jóvenes en La Matanza —donde forma parte de una red de más de 1.000 adictos en recuperación—, analiza la problemática con dolor: "Te sale más barato drogarte que comer. En los barrios la sociedad te pone más cerca la muerte que la vida: el tranza está al lado de tu casa y para comprar pan tenés que hacer tres cuadras y media".
Para Víctor, la inversión en estos centros es un "doble negocio" que el Estado debería replicar con fuerza: se salva una vida, se sana a una familia y se retira el daño de la calle. "Un día andaba con una pistola en la cintura y al otro día me amanecí rezando un rosario. Es una cosa de locos".
El milagro del Hogar Ponce de León en calle Olleros demuestra que el adicto crónico no está en ese lugar por elección, sino por falta de alternativas. Nadie quiere revolver la basura o dormir en un cajero. Lo que falta, muchas veces, es simplemente la voluntad política y comunitaria de no dar vuelta la cara.

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