domingo, 10 de mayo de 2026

Disámara: la cofradía de poetas que desafió a la dictadura desde un bar de San Nicolás

 

Con Astul Urquiaga (canoso)

Por Walter Alvarez

Había noches, en la década de 1980, en que San Nicolás parecía cerrarse sobre sí misma. Las persianas bajas, el miedo caminando por las veredas y una sospecha flotando en el aire: reunirse a hablar de arte podía convertirse en un problema. Entonces, en algún rincón de la ciudad, entre humo de cigarrillos, vasos de vino y papeles escritos a mano, un grupo de jóvenes decidió hacer exactamente eso. Reunirse. Leer poesía. Discutir literatura. Inventarse una forma de resistir.

El nacimiento de Disámara en la Biblioteca del Partido Socialista

Nadie quería prestarles un lugar. La que abrió la puerta fue Dorita Cara, hermana de Lili Canals, bibliotecaria y poeta, que les cedió un espacio para reunirse. Así nació Disámara, el 1 de mayo de 1980, en plena dictadura militar, en la biblioteca del Partido Socialista de calle Garibaldi 110, un feriado elegido deliberadamente porque —como recuerdan sus integrantes— “los militares creían que los poetas eran vagos”.

El contexto era áspero. El escritor nicoleño Sergio Di Leo fue interrogado por militares debido a la revista Puentes, que impulsaba de manera artesanal y donde se publicaba poesía. Esa revista fue un germen de Disámara. Jimmy Urquiaga recuerda aquel método precario de impresión con un vidrio, una lamparita y un cajón dado vuelta. Ahí comprendieron que podían fabricar algo propio, aunque fuera mínimo y casero. Pero las reuniones eran sospechosas. Y a veces el grupo encontraba refugio en el Ateneo de la Iglesia Catedral gracias al entonces seminarista Pablo Cerviño. “Cualquier escritor era sospechoso”, recuerdan. Por eso Disámara terminó siendo también una válvula de escape cultural después de años de censura

El nombre no fue casual. La disámara es la semilla del lapacho, ese pequeño “helicóptero” que cae girando hasta tocar la tierra. Si encuentra suelo fértil, florece. Si cae sobre durezas, se seca. Esa imagen terminó convirtiéndose en la metáfora perfecta del grupo: la poesía entendida como semilla, como posibilidad, como algo destinado a crecer únicamente si encuentra oídos dispuestos a recibirla.

Tapa de la primera publicación


Bar El Roque: amistad, poesía y madrugadas

fototecasannicolas.org


Pero el verdadero territorio espiritual de Disámara fue el bar El Roque, que estaba en la esquina de Nación y Sarmiento. Ahí, alrededor del poeta Astul Urquiaga —“El Viejo”, papá de Jimmy—, se armaban las mesas interminables donde la poesía se mezclaba con picadas, vino y amistad. Astul fue el centro de atracción alrededor del cual el grupo orbitó. “Cuando nos veían entrar decían: ahí viene la pandilla”, recuerdan todavía.

Disámara fue Javier Tisera, Jimmy Urquiaga, Pedro Salinas, Raúl Rodríguez, Daniel Ruiz Rubini, Jorge Maciel, Yuí Páez, Alfredo de Paolo, Sergio Di Leo, Daniel Erne, Pablo Cerviño, Ana Santillán, Laura Malatesta, Piero de Vicari, Miriam Cairo y Sebastián Olaso. 

Las historias de cómo se conocieron parecen sacadas de una novela de bares. Javier Tisera cuenta que encontró a Pedro Salinas una noche en el bar Niza, y este lo invitó a sumarse a aquel grupo que todavía estaba formándose en El Roque. Tisera, que vivía en el edificio Consani y era vecino de Ana Santillán, la convenció para ir al encuentro. “Nos pusimos las mejores pilchas y partimos hacia El Roque”, recuerda.

Herederos del río y de las viejas generaciones poéticas


En la cronología, Disámara ocupa el tercer lugar entre los grupos poéticos que permanecen en la memoria cultural de la ciudad. Heredaron la tradición poética del grupo Arroyo del Medio de los años 40 y de Anaconda en los 60. Cada grupo sumó su impronta y a Disámara le tocó aportar su nueva forma de mirar. Todos los poetas nicoleños le cantaron al río. La generación anterior lo hizo desde el paisaje. Ellos comenzaron a hablar también de las fábricas, de las chimeneas, de la contaminación y de los escombros de una ciudad industrial. “Nosotros le cantamos a lo que quedó”, resume Tisera.

El grupo nunca tuvo una estética única. Había líricos, sociales, urbanos, románticos. Esa diversidad fue, quizá, el secreto de su permanencia. “Lo que nos unía era la amistad”, dicen. La poesía venía después. Compartían mesas, techos, viajes, recitales y hasta giras culturales solventadas por la Dirección de Cultura municipal para ir a recitar poemas allí donde fueran invitados: Pergamino, Conesa o Buenos Aires.

Uno de esos viajes terminó convirtiéndose en leyenda. En El Viejo Almacén, mítico espacio porteño de Edmundo Rivero, Disámara, junto al pianista Hugo Giménez y el grupo Raigama fueron recibidos como una verdadera invasión nicoleña. El lugar estaba lleno de residentes de San Nicolás. Astul Urquiaga fue ovacionado como un icono de la poesía local. Y un violinista desconocido se ofreció espontáneamente a acompañarlos. Después supieron que era Hernán Oliva, uno de los grandes violinistas de jazz del país. “Cuando terminó dijimos: esto es irrepetible”, recuerdan.


En los barrios también descubrieron algo inesperado: la poesía funcionaba. Ellos mismos creían que podían ser rechazados, por el prejuicio de que la poesía era elitista. Sin embargo, en lugares como Conesa encontraban salones llenos incluso en noches de lluvia y frío. La gente se acercaba a escuchar poesía. Participaba. Se emocionaba. Muchos de ellos eran provincianos que habían llegado a San Nicolás a construir Somisa, gente acostumbrada a vivir la poesía en las letras del folklore. Una de las asistentes, Everilda Enrico, con esa moral antigua de la gente de campo, entendió que debía devolverles algo de toda esa belleza recibida. Y ahí mismo les esculpió un lápiz y se los entregó como ofrenda.

Homenajes vivos, revistas orales y mesas interminables

El grupo organizó recitales, revistas orales, homenajes y conferencias. Llevaron a Abelardo Castillo y Silvia Iparraguirre a San Nicolás. Hicieron homenajes en vida a César Bustos y Astul Urquiaga porque, según decían, estaban cansados de que los artistas fueran reconocidos solamente después de muertos. En el Colegio de Abogados y en bares como Opos Pub o El Quijote mezclaban poesía, música, conversaciones y debates. Lo suyo nunca fue la solemnidad. Quizá por eso sobrevivieron. Porque nunca entendieron la poesía como un pedestal sino como una mesa compartida.


Más adelante, ya entrado el nuevo siglo, se juntaron con otras generaciones de escritores y poetas que venían de diferentes experiencias literarias como Cintia Bravo, Pablo Balbis, María Eugenia Maiztegui y Silvia Mathieu. Pedro Salinas fue, según todos coinciden, el gran articulador, el más “ecuménico” después del viejo Astul.

Con el tiempo dejaron de ser “los chicos malos” para convertirse en referencia cultural de la ciudad. Editaron libros a través del Fondo Editorial Municipal, organizaron antologías y mantuvieron viva la revista Disámara, cuya última edición fue dedicada a Pedro Antonio Salinas, ya fallecido. Actualmente preparan el número ocho, homenajeando a Chavela Urquiaga, fallecida el año pasado.

Disámara todavía existe. Persiste como persisten ciertas cosas esenciales que, de tan incorporadas a la respiración íntima de una ciudad, muchas veces pasan inadvertidas. Como el aroma del río. Como un bar lleno de voces. Como una semilla girando en el aire antes de tocar la tierra.



 

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