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| Con Astul Urquiaga (canoso) |
Por Walter Alvarez
Había
noches, en la década de 1980, en que San Nicolás parecía cerrarse sobre sí
misma. Las persianas bajas, el miedo caminando por las veredas y una sospecha
flotando en el aire: reunirse a hablar de arte podía convertirse en un
problema. Entonces, en algún rincón de la ciudad, entre humo de cigarrillos,
vasos de vino y papeles escritos a mano, un grupo de jóvenes decidió hacer
exactamente eso. Reunirse. Leer poesía. Discutir literatura. Inventarse una
forma de resistir.
El nacimiento de Disámara en la Biblioteca del Partido Socialista
Nadie
quería prestarles un lugar. La que abrió la puerta fue Dorita Cara, hermana de
Lili Canals, bibliotecaria y poeta, que les cedió un espacio para reunirse. Así
nació Disámara, el 1 de mayo de 1980, en plena dictadura militar, en la
biblioteca del Partido Socialista de calle Garibaldi 110, un feriado elegido
deliberadamente porque —como recuerdan sus integrantes— “los militares creían
que los poetas eran vagos”.
El
contexto era áspero. El escritor nicoleño Sergio Di Leo fue interrogado por
militares debido a la revista Puentes, que impulsaba de manera artesanal y
donde se publicaba poesía. Esa revista fue un germen de Disámara. Jimmy
Urquiaga recuerda aquel método precario de impresión con un vidrio, una
lamparita y un cajón dado vuelta. Ahí comprendieron que podían fabricar algo
propio, aunque fuera mínimo y casero. Pero las reuniones eran sospechosas. Y a
veces el grupo encontraba refugio en el Ateneo de la Iglesia Catedral gracias al
entonces seminarista Pablo Cerviño. “Cualquier escritor era sospechoso”,
recuerdan. Por eso Disámara terminó siendo también una válvula de escape
cultural después de años de censura
El nombre
no fue casual. La disámara es la semilla del lapacho, ese pequeño “helicóptero”
que cae girando hasta tocar la tierra. Si encuentra suelo fértil, florece. Si
cae sobre durezas, se seca. Esa imagen terminó convirtiéndose en la metáfora
perfecta del grupo: la poesía entendida como semilla, como posibilidad, como
algo destinado a crecer únicamente si encuentra oídos dispuestos a recibirla.
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| Tapa de la primera publicación |
Bar El Roque: amistad, poesía y madrugadas
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| fototecasannicolas.org |
Disámara
fue Javier Tisera, Jimmy Urquiaga, Pedro Salinas, Raúl Rodríguez, Daniel Ruiz
Rubini, Jorge Maciel, Yuí Páez, Alfredo de Paolo, Sergio Di Leo, Daniel Erne,
Pablo Cerviño, Ana Santillán, Laura Malatesta, Piero de Vicari, Miriam Cairo y
Sebastián Olaso.
Las
historias de cómo se conocieron parecen sacadas de una novela de bares. Javier
Tisera cuenta que encontró a Pedro Salinas una noche en el bar Niza, y este lo
invitó a sumarse a aquel grupo que todavía estaba formándose en El Roque.
Tisera, que vivía en el edificio Consani y era vecino de Ana Santillán, la
convenció para ir al encuentro. “Nos pusimos las mejores pilchas y partimos
hacia El Roque”, recuerda.
Herederos del río y de las viejas generaciones poéticas
El grupo
nunca tuvo una estética única. Había líricos, sociales, urbanos, románticos.
Esa diversidad fue, quizá, el secreto de su permanencia. “Lo que nos unía era
la amistad”, dicen. La poesía venía después. Compartían mesas, techos, viajes,
recitales y hasta giras culturales solventadas por la Dirección de Cultura municipal
para ir a recitar poemas allí donde fueran invitados: Pergamino, Conesa o
Buenos Aires.
Uno de
esos viajes terminó convirtiéndose en leyenda. En El Viejo Almacén, mítico
espacio porteño de Edmundo Rivero, Disámara, junto al pianista Hugo Giménez y
el grupo Raigama fueron recibidos como una verdadera invasión nicoleña. El
lugar estaba lleno de residentes de San Nicolás. Astul Urquiaga fue ovacionado
como un icono de la poesía local. Y un violinista desconocido se ofreció
espontáneamente a acompañarlos. Después supieron que era Hernán Oliva, uno de
los grandes violinistas de jazz del país. “Cuando terminó dijimos: esto es
irrepetible”, recuerdan.
Homenajes vivos, revistas orales y mesas interminables
El grupo
organizó recitales, revistas orales, homenajes y conferencias. Llevaron a
Abelardo Castillo y Silvia Iparraguirre a San Nicolás. Hicieron homenajes en
vida a César Bustos y Astul Urquiaga porque, según decían, estaban cansados de
que los artistas fueran reconocidos solamente después de muertos. En el Colegio
de Abogados y en bares como Opos Pub o El Quijote mezclaban poesía, música,
conversaciones y debates. Lo suyo nunca fue la solemnidad. Quizá por eso
sobrevivieron. Porque nunca entendieron la poesía como un pedestal sino como
una mesa compartida.
Con el
tiempo dejaron de ser “los chicos malos” para convertirse en referencia
cultural de la ciudad. Editaron libros a través del Fondo Editorial Municipal,
organizaron antologías y mantuvieron viva la revista Disámara, cuya última
edición fue dedicada a Pedro Antonio Salinas, ya fallecido. Actualmente
preparan el número ocho, homenajeando a Chavela Urquiaga, fallecida el año
pasado.
Disámara
todavía existe. Persiste como persisten ciertas cosas esenciales que, de tan
incorporadas a la respiración íntima de una ciudad, muchas veces pasan
inadvertidas. Como el aroma del río. Como un bar lleno de voces. Como una
semilla girando en el aire antes de tocar la tierra.
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