Por Walter Alvarez
El viejo almacén de Giovanelli sigue en pie en una esquina de San Nicolás de los Arroyos, como si el tiempo hubiera decidido rodearlo en lugar de llevárselo. En Echeverría y Lisandro de la Torre, donde hoy pasan autos y la ciudad parece ya completa, queda todavía esa construcción que pertenece a otra lógica: la de cuando el pueblo terminaba unas cuadras antes y después empezaba el campo. El lugar donde Hormiga Negra paraba a tomarse una caña.
Alguna vez, para ubicarlo, no hacía falta nombrar la esquina. Bastaba con decir que estaba frente a la laguna de Añaños, sobre la calle Junín. Y si la referencia no alcanzaba, se afinaba un poco más: era el lugar donde paraba el Hormiga Negra. Ese tipo de indicaciones, más que geográficas, eran narrativas. La ciudad se orientaba por historias.
El almacén, que sobrevivió al crecimiento urbano, quedó como una pieza incrustada del siglo XIX. Su último dueño fue Danilo Giovanelli, nieto de Francisco, el inmigrante que había iniciado todo.
Bajo un parral que parecía haber envejecido mejor que la casa, Danilo solía contar que la historia había empezado con su abuelo, llegado de Italia hacia 1870, en esos años en que tantos cruzaban el océano con la idea difusa de “hacer la América”. No recordaba con precisión el lugar de origen, pero sí que estaba cerca de Austria, lo suficiente como para que su abuela hablara algo de alemán. Decía también, con una mezcla de orgullo y síntesis histórica, que más que hacer la América, habían hecho la Argentina.
La esquina donde el tiempo se detuvo
Cuando el abuelo compró el terreno, aquello era todavía borde. La casa tenía apenas tres habitaciones y todo lo demás era quinta. La calle Lisandro de la Torre ni siquiera existía: era parte del mismo terreno. Con el tiempo, el hombre fue ampliando: primero el negocio, después los depósitos, los galpones, el salón. Construyó también sótanos ventilados hacia la vereda, donde se conservaban el vino y los fiambres. No trabajaba la tierra —para eso tenía un mediero—, pero sí construía. Ese era su oficio.
Alrededor, otros italianos hacían lo mismo: levantar casas, plantar frutales, competir en silencio por la mejor quinta. Unos se especializaban en duraznos, otros en peras, y después intercambiaban. La economía era, todavía, una conversación.
Ese lugar que después sería barrio era entonces un suburbio. La calle América marcaba el límite; más allá, un zanjón al que llamaban la Pomona —como la diosa de los frutos— dibujaba una frontera imprecisa. Por ahí corrían carreras de caballos, y hacia el fondo, hasta el arroyo del Medio, se extendían chacras y pequeñas explotaciones.
Frente al almacén, las lagunas de Añaños habían nacido de otra actividad: la extracción de tierra para hacer ladrillos. Con el tiempo, el agua ocupó esos huecos y quedaron como espejos irregulares. Una de ellas sería rellenada décadas más tarde, cuando la ciudad empezó a ordenar lo que antes había surgido sin plan.
El refugio de personajes históricos y la ética del mostrador
El almacén funcionaba mientras tanto como un punto de cruce. Lo atendía primero la mujer del fundador, Violeta Canastrini, y después el padre de Danilo. No parecía haber sido un lugar conflictivo. Se recordaba más bien un cierto orden: si alguien tomaba de más, se le dejaba de vender; si estaba demasiado pasado, se le pedía el arma y se la devolvían al día siguiente. Había una ética implícita, sin reglamentos escritos.
Los primeros clientes habían sido gauchos que llegaban con carretas cargadas de cereal, después de vadear el arroyo del Medio. Entraban por Junín y se detenían a tomar algo. Bebían sobre todo ginebra —la marca Bols era la preferida—, además de vermut, caña o anís. El vino dominaba claramente sobre la cerveza. Era otra cultura del consumo, más lenta y más concentrada.
El interior del almacén también tenía sus códigos. Algunos se sentaban en bancos; otros, más atentos o desconfiados, se apoyaban en el mostrador sin dar nunca la espalda a la puerta. Se recordaba incluso a un hombre que llevaba siempre un diario bajo el brazo, donde escondía un cuchillo. No tomaba alcohol: no quería dar ventaja.
En ese paisaje aparece, inevitablemente, la figura del Hormiga Negra. Danilo contaba que su padre lo había atendido cuando ya era un hombre mayor. No coincidía del todo con la imagen feroz que había circulado en los relatos: era bajo, montaba una yegua blanca —algo inusual— y tenía un rancho cerca del camino a Villa Hermosa. De joven, decían, había sido guitarrero. De viejo, pasaba más bien como un cliente silencioso.
El almacén cerró en 1970, después de casi un siglo de actividad continua. Para entonces, la ciudad ya había terminado de rodearlo.
Lo que quedó fue la casa. Y debajo del parral —ese que parece no acusar el paso del tiempo—, la sensación de que las historias no se fueron del todo, sino que siguen ahí, como esperando que alguien vuelva a preguntar.
