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Ninguna ciudad de la argentina está exenta de preocupación por la convivencia social. Esto también sucede en las aulas locales. Muchas veces se han registrado casos de alumnos que van armados a las escuelas o se distribuyen videos de graves peleas entre alumnos sobre todo a la salida de los establecimientos. Esto también pasa en San Nicolás. La violencia en los entornos educativos representa un desafío estructural que afecta el desarrollo de los jóvenes. Según datos difundidos por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), uno de cada tres menores en América Latina y el Caribe ha sufrido violencia física o emocional en el ámbito escolar. Ante este panorama, especialistas proponen un enfoque basado en el Desarrollo Positivo de la Juventud (PYD). Este modelo no busca el castigo, sino la creación de espacios protectores donde el clima escolar, las relaciones de confianza y las habilidades socioemocionales actúen como una barrera preventiva frente a las agresiones.
La implementación de estas estrategias requiere pasar de una cultura del castigo a una cultura del acompañamiento pedagógico y humano. El primer pilar consiste en construir un clima escolar positivo que sustituya el control por el cuidado mutuo y normas compartidas. La evidencia demuestra que los estudiantes logran un mejor rendimiento académico cuando existe seguridad emocional. En segundo lugar, resulta vital el fortalecimiento de las habilidades socioemocionales, tales como la empatía y la resolución de conflictos. Programas aplicados en la región, como Positive Action en Belice, indican que la enseñanza diaria de autorregulación reduce las conductas agresivas y mejora la integración de las familias en el proceso educativo de los menores nicoleños.
Pilares para transformar la convivencia en las instituciones educativas
El tercer eje fundamental es el cultivo de relaciones de confianza entre docentes y alumnos para detectar señales tempranas de angustia. Cuando el maestro actúa como un mentor y no solo como una autoridad, tiene la capacidad de intervenir antes de que una crisis escale hacia la violencia física. La cuarta estrategia implica involucrar directamente a las familias y a la comunidad mediante talleres de crianza positiva y círculos de diálogo. Es necesaria una coherencia absoluta entre los mensajes que el joven recibe en su hogar, en su barrio y en su escuela para que la prevención sea efectiva. La red de protección debe ser sólida y coordinada con los servicios sociales locales en casos de riesgo grave detectado.
Finalmente, la identificación temprana de conductas de riesgo permite reemplazar las suspensiones punitivas por respuestas restaurativas y apoyo psicosocial. Expulsar a un estudiante que ejerce violencia no soluciona la raíz del conflicto, sino que a menudo traslada el problema a la calle y agrava la vulnerabilidad del joven. De acuerdo con los resultados del programa Think Equal en Colombia, iniciar este trabajo en edades tempranas (de tres a seis años) genera beneficios significativos en el comportamiento prosocial. Las escuelas de la ciudad tienen el reto de monitorear el bienestar emocional con la misma rigurosidad que el rendimiento académico, porque sin un entorno seguro y saludable, el aprendizaje de calidad resulta inalcanzable.
