Hay artistas que, aunque vivan lejos, mantienen su rastro intacto en el suelo que los vio nacer. Miguel Ángel González es uno de ellos. Escultor de oficio y soldador de alma, dejó en las calles de San Nicolás obras que hoy forman parte de nuestra identidad. En esta nota, Javier Tisera nos invita a recorrer la vida de un hombre que unió el acero de Somisa con los paisajes de Cataluña, y que esculpió con maestría el sentimiento de los nicoleños.
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| Monumento de Malvinas en el cementerio |
Un eco de martillo y yunque resuena en la memoria de la fábrica. En el paisaje de San Nicolás, aunque a veces el ojo del transeúnte pase de largo, la huella de Miguel Ángel González se impone con la fuerza del hierro. Su obra es un mapa invisible que une el barrio Don Bosco con las lejanas tierras de Cataluña.
Nacido en nuestra ciudad, González llevó durante tres décadas el ritmo rotativo de Somisa. Fue allí, entre el calor del acero y el taller de herrería, donde empezó a moldear la identidad nicoleña. Su primera gran ilustración, aquella tapa de la revista Acero en negro y naranja, ya mostraba al hombre de trabajo en su mesa, rodeado de su familia. Era, en definitiva, un retrato de sí mismo.
Desde su residencia actual en Lleida, el escultor recuerda para Yaguaronet la emoción de sus inicios: “Me encantó crear el primer altar de la Virgen del Rosario en el Campito. Fue un encargo de la Iglesia y una de las obras que más me gustó”. Para Miguel Ángel, el arte no es un adorno, es un servicio al prójimo. Cada soldadura y cada pedazo de piedra tienen un destino claro: servir a la humanidad.
Hoy, el caminante fino puede detectar sus obras como mojones de nuestra historia. Entre las cúpulas de la Catedral, se yergue la figura del patrono San Nicolás de Bari. En el Teatro Municipal, el busto de Serafín Morteo custodia la entrada, mientras que en el cementerio local, un hombre de hierro sostiene una llama votiva en honor a los caídos del Crucero General Belgrano. Es, quizás, uno de los monumentos más sufridos y respetados de nuestra geografía.
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| Contemplación |
González partió hacia España en 1991, donde su maestría con el metal le ganó un lugar de honor en el arte europeo. Sus piezas monumentales, como la célebre "Contemplación" en el mirador del Roc del Quer en Andorra, desafían la gravedad y funden el paisaje con la poesía.
Aunque hace más de treinta años que vive en Cataluña, sus esculturas diseminadas por la ciudad nos hablan de un artista que nunca se fue del todo. Sin embargo muchas veces nos topamos con ellas sin saber que son suyas. Su rastro de sembrador quedó grabado en el acero, recordándonos que el arte nicoleño no conoce fronteras.


