Muchas de las comidas que hoy forman parte de la mesa cotidiana y festiva de San Nicolás tienen origen en la tradición lígure, traída por inmigrantes del norte de Italia entre fines del siglo XIX y comienzos del XX.
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Roberto Cámpora y Orfilio Cámpora |
Familias procedentes de Génova y otras localidades de Liguria se instalaron en quintas de las afueras y en barrios cercanos al puerto, y rápidamente incorporaron a la vida local preparaciones como la torta pascualina —con acelga, ricota y huevo entero en su interior—, la farinata de garbanzos cocida en horno fuerte, la focaccia alta y esponjosa, el minestrone con verduras de estación y las pastas rellenas como ravioles y pansoti con salsa de nuez.
En esas quintas se cultivaban tomates, albahaca, zapallos, acelga y legumbres, y era habitual la elaboración casera de conservas. El tuco se preparaba en grandes ollas con tomate fresco, cebolla, ajo y a veces carne vacuna o cerdo; luego se embotellaba para el invierno. El pesto, ante la dificultad de conseguir piñones, comenzó a hacerse con nueces y queso rallado duro, molido en mortero junto con albahaca y aceite. También se producían vino patero, embutidos artesanales y panes caseros horneados en horno de barro, prácticas que formaban parte de la economía doméstica.
