La economía argentina comenzó a mostrar signos de recuperación durante 2025, con un crecimiento del 4,4% del Producto Interno Bruto (PIB), según un informe reciente del INDEC. El repunte estuvo impulsado principalmente por el buen desempeño de sectores como el agro, la minería y la intermediación financiera. Sin embargo, este crecimiento no fue uniforme en todo el territorio y dejó al descubierto fuertes diferencias entre regiones, especialmente en aquellas con una marcada dependencia de la actividad industrial.
Los propios datos oficiales del INDEC reflejan ese desacople. De acuerdo con el informe de Cuentas Nacionales, la industria manufacturera —clave para el entramado productivo del interior bonaerense— registró una caída del 5% interanual en el cuarto trimestre de 2025. A su vez, según el último informe del Índice de Producción Industrial (IPI) manufacturero del organismo, la actividad volvió a retroceder un 3,2% interanual en enero de 2026, con bajas marcadas en sectores como maquinaria y equipo, autopartes y textiles. Se trata de actividades estrechamente vinculadas a la dinámica económica del corredor San Nicolás–Villa Constitución, donde la industria metalúrgica ocupa un rol central.
Este escenario tiene un correlato directo en el mercado laboral. Según los últimos datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC, en el aglomerado San Nicolás–Villa Constitución la tasa de desocupación alcanzó el 9,4%, ubicándose por encima del promedio nacional del 7,5%. La caída de la actividad industrial, sumada a la debilidad del consumo interno y a la paralización de proyectos de infraestructura, limita la capacidad de las empresas para generar empleo y sostener los puestos existentes, profundizando la brecha entre la realidad local y el promedio del país.
En este contexto, la Argentina atraviesa una “triple dualidad”: sectores dinámicos como el petróleo, el gas, la minería, el agro y el sistema financiero conviven con otros de débil desempeño como la industria, la construcción, el comercio y el turismo. Esta estructura explica por qué el PBI crece mientras el empleo no acompaña en la misma proporción.
Esta fragmentación también se refleja en la sociedad y el consumo. Mientras los sectores de mayores ingresos logran sostener o incluso mejorar su poder adquisitivo —impulsando rubros como la compra de autos, viajes al exterior o inmuebles—, amplias capas de la población enfrentan un deterioro en sus condiciones de vida. Según el estudio, entre noviembre de 2023 y diciembre de 2025 se perdieron alrededor de 200.000 empleos formales en el sector privado, lo que refuerza la idea de una recuperación económica con impactos desiguales.
En este contexto, desde el propio sector productivo surgen miradas que combinan cautela y expectativas. El CEO de ArcelorMittal Acindar, Federico Amos, señaló recientemente que 2026 podría mostrar un leve crecimiento impulsado por sectores como el agro, la minería y la energía, aunque advirtió que la construcción aún necesita recuperarse. Sus declaraciones reflejan el momento de transición que atraviesa la industria, especialmente en regiones donde el acero y la actividad metalúrgica son determinantes.
En paralelo, proyectos de inversión como la nueva acería de Sidersa aportan una perspectiva de mediano plazo. Según datos difundidos por la propia compañía, la obra ya superó el 15% de avance y generó más de 400 puestos de trabajo, con un pico estimado de 1.000 empleos durante la construcción. No obstante, su impacto estructural recién se sentirá cuando la planta entre en operación, prevista para 2028. Así, mientras la economía nacional comienza a recuperarse de la mano de sectores dinámicos, San Nicolás y su zona de influencia continúan atravesando una transición compleja, donde el crecimiento todavía no logra traducirse en una mejora concreta de su realidad productiva y laboral.
